Visión de ciclista

Mi amiga Ana me llama el otro día angustiada. Necesita tomar un café y contarme algo que le había pasado.

–Soy un ser despreciable, despreciable, Olivia– dice nada más entrar por la puerta del bar.

–¿Pero qué ha pasado?

–Despreciable – repite robóticamente.

Ana logra calmarse lo suficiente tras el primer sorbo y empieza a contarme lo sucedido.

«Sabes el parque que hay en frente de mi casa, ¿no? Donde saco a pasear a León todas las mañanas. Bueno, pues el otro día iba con él y de repente noto que se me mete algo en la nariz. En realidad, no sé si me entró algo, la cosa es que me picaba. Así que empecé a hurgar. Me empecé a hurgar la nariz en mitad del parque, Olivia. ¿Te lo puedes creer?»

Ana comienza a llorar de forma arrítmica, como si se hubiera quedado sin aire tras una carrera imprevista.

–Calma, Ana. Sí, me lo puedo creer – le digo mientras alejo instintivamente mi mano derecha de mi nariz – A veces esas cosas pasan.

Ana se recompone lo justo y necesario para poder continuar la historia.

–Lo sé. Es asqueroso. Pero si te pica, qué vas a hacer, ¿no? La cosa es que yo estaba en un sitio público y, justo cuando tenía todo el dedo dentro, cruzó frente a mí un ciclista. Se me quedó mirando un buen rato y te juro por mis hijas que noté en su rostro la mayor expresión de asco que he visto en mi vida. Creo que hasta le vi hacer esto.

Ana arruga exageradamente el rostro para representar la mueca de repulsión reconocida universalmente.

–Para mí el tiempo se detuvo en ese momento. Fueron los tres segundos más largos de mi vida.

–Bueno, eso puede…

–Y luego se mató.

–¿Qué?

–El ciclista. Que se mató.

–Pero, ¿cómo?

–Nada más verme, un coche le golpeó por detrás, cayó por el terraplén que da al río y se mató.

Silencio. Ana ya no llora, ni gime, ni respira con dificultad. Solo observa obsesivamente el movimiento del café que ella misma hace girar con la cucharilla.

–¿Te das cuenta – dice sin levantar la mirada – de que la última visión de esa persona en la vida fue la de una mujer despeinada, con la blusa llena de manchas de papilla e intentando sacarse un moco de la nariz?

Me cuesta horrores aguantarme una sonora carcajada. Trago saliva y fijo la mirada en el café-tiovivo de Ana.

–¿Te das cuenta la de veces que ese pobre hombre habrá imaginado su último momento, la última imagen que se llevaría a la tumba? Quizás la cara de su mujer, o la de sus hijos, siendo ya muy viejo… Pero no, su última visión fui yo. Yo y mi terrible y asqueroso moco.

Ana, por fin, rompe a llorar de verdad y las lágrimas poco a poco van limpiando su culpa mientras terminan de correr el escaso rímel que le quedaba. Tiene un aspecto terrible, pero confesar su “crimen” parece haberle devuelto la serenidad y el aplomo que tanto necesitaba recuperar. Respira profundamente y por primera vez en toda la tarde esboza una sonrisa mezcla de alivio y vergüenza.

–Al menos no hiciste el ademán de llevártelo a la boca – digo casi sin pensar, intentando rebajar la tensión acumulada con un poco de humor.

Ana abre los ojos como platos. La cucharilla deja de girar. Sin decir nada se levanta como un resorte de la silla y no sin poco estruendo abandona la cafetería.

No he vuelto a saber nada de ella desde aquel día.

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