INVASOR (IV)

IV

Un matrimonio chino o coreano o japonés me ha pedido que les saque una fotografía con el monumento de Felipe IV a la espalda. Tardo un poco más de lo normal por culpa del encuadre. La pareja asiática tiene la envergadura propia de aquella zona y la estatua se eleva a demasiada altura como para que entren todos los elementos con el debido protagonismo en el cuadro. Tengo que decidirme entre sacar entera la maravillosa obra de arte e ingeniería de Pietro Tacca (es la primera estatua ecuestre del mundo que se sostiene únicamente sobre sus dos patas traseras y tímidamente sobre la cola) o centrarme en Chun Li y esposa. Opto por lo primero. Si han llegado hasta aquí será para disfrutar de la comida, el clima, las costumbres y el arte tan distintos al suyo. Supongo que al llegar a su casa en Pekín, Seúl o Tokio tendrán más deseos de volver a recordar aquello que muy probablemente no vuelvan a visitar en su vida a tener que contemplar la cara de la persona que verán una y otra vez hasta el final de sus días. Yo qué sé. Me dan igual. A la mierda con ellos. Aprieto el botón. Click. Chun Li sonríe y agradece hasta el extremo, como si acabara de salvar la vida de sus siete hijos en un incendio devastador.

Me estoy empezando a poner nervioso. Son las doce menos diez y como es lógico mi cita todavía no ha llegado. Hay demasiado jolgorio en la plaza. Turistas que van y vienen con aspecto cansado, como muertos vivientes en busca de más monumentos y lugares típicos que devorar. Niños correteando por fin desligados de la vigilancia de sus padres que estarán en las terrazas de alrededor de parloteo tomándose el vermú. La bruma ya se ha disipado y el sol empieza a picar. Una gota de sudor rueda por mi frente. Otro chino se acerca a mí amenazante, con una cámara en las manos. Empiezo a recordar las razones por las que me marché de Madrid para no volver.

Eran las doce de la mañana y el hipódromo de La Zarzuela estaba a reventar. En pocos minutos iba a dar comienzo la quinta y última carrera, la más interesante y la que mayores premios repartía. Un mar de sombreros uniforme cubría la grada principal. El patrón solo se veía roto por el estilo recargado de alguna mujer excéntrica y el absurdo bombín de Halloway, el orondo inglés que tenía en su poder la caja de música de Blázquez, aunque para esta ocasión la había dejado a buen recaudo en la habitación del hotel en que se hospedaba.

Por su parte, el bueno de Blázquez vagaba perdido por los entresijos del hipódromo. No sabía nada de caballos, ni de carreras, ni mucho menos de apostar. La noche anterior no había pegado ojo intentando decidir qué hacer. Tenía en su poder las quinientas pesetas de Halloway, con ese dinero podía saldar las deudas con su cuñada y mandar a la calle muy gustosamente al inútil de Ramírez. Podía incluso plantearse una reforma con el dinero sobrante, hacer más atractiva la tienda o costearse algo de publicidad en la prensa. Parecía una gran idea. Una forma de invertir en el futuro a costa de olvidar el pasado. Su pasado. Su caja de música, que su madre abría siempre con una gran sonrisa a la hora de la merienda para que el pequeño Alfonso se comiera el bocadillo al ritmo del galope de Rossini. No, no podía renunciar a ese recuerdo. Otra vuelta más en la cama. La noche se estaba convirtiendo en un bucle infernal, un tiovivo de movimiento perpetuo, del que Blázquez no se podía bajar.

Minutos antes de dormirse decidió que a la mañana siguiente iría al hipódromo, solo para tantear, para comprobar de primera mano el ambiente y las sensaciones que le producía, para escuchar el impulso de su corazón y, sobre todo, para hacerse una idea de lo que podría ganar con una apuesta de ese calibre. Lo que no se le pasó por la cabeza a Blázquez la noche anterior fue abrir la caja fuerte que tenía en el armario del despacho y sacar otras quinientas pesetas que tenía ahí guardadas. Era el fondo para casos de emergencia, el duro colchón que había conseguido retener contra viento y marea y que ni en las situaciones más extremas había hecho uso de él. Un dinero que ni Teresa, su mujer, sabía de su existencia. En cambio, cuando se levantó aquella mañana de domingo, lo primero que hizo después del aseo y el desayuno fue abrir esa caja polvorienta, sacar sus quinientas pesetas y unirlas a las de Halloway. Mil pesetas para una apuesta suicida, mil pesetas por el último recuerdo feliz de su infancia.

Ni siquiera pasó por el paddock. No quería ver los caballos. Tampoco es que fuera a decidir en base a su figura, a su pelo o al tamaño del jockey. Como digo no tenía ni idea, por lo que diseñó un plan sencillo. Ir directamente a las taquillas y observarlo todo detenidamente. Esperar una corazonada y en función de ella decidir. Si el palpito era bueno y aceptaba el riesgo apostaría en la quinta carrera por el caballo que diera más beneficios, rezaría para que ganase, cobraría, recuperaría su caja, volvería a casa y no le contaría nunca a nadie lo que había pasado. Si por el contrario las sensaciones no eran buenas, él y sus mil pesetas cogerían el autobús de vuelta y en menos de una hora estaría sentado en el sofá de casa leyendo el dominical y pensando el tamaño del anuncio que pondría en esas mismas páginas la semana siguiente. Así de simple.

Y así de complicado.

Cuando Blázquez llegó a las taquillas del hipódromo se dio cuenta de las múltiples posibilidades para apostar. A ganador (lo que él esperaba adivinar), a segundo, a tercero, la trifecta, la imperfecta, combinadas… Un batiburrillo de nombres y cifras que le aturdieron de tal manera que a punto estuvo de marearse y caer desmayado en mitad del recinto. La gente habría pensado que se debía a haber ganado una gran suma o a haber perdido los ingresos de toda una vida, nunca por contemplar únicamente los paneles informativos.

Había que tomar una decisión y tenía que hacerlo sin demora pues quedaban menos de cinco minutos para que empezara la carrera. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué era lo más sensato? ¿Con qué decisión se sentiría más culpable el resto de su vida? Ojalá estuviera con él su padre para orientarle. “Tienes que irte a Madrid, vivirás con tu tío. Mañana Segovia caerá y tu vida correrá peligro”. “Tienes que volver a casa, coger ese dinero y guardarlo. Olvídate de la caja de música, solo es una caja, un recuerdo, solo eso. El bienestar de tu familia es lo más importante. Por eso sí merece la pena jugarse el resto”. Blázquez se giró dispuesto a marcharse con la seguridad total de estar haciendo lo correcto.

– Buenos días, señor Blázquez. Veo que al final hizo caso de mi consejo – el gordo Halloway había aparecido de la nada impidiendo el paso del joven Blázquez, que aturdido no supo reaccionar – Si se siente perdido le puedo ayudar con su apuesta.

Halloway no esperó que hubiera contestación. Al contrario, rodeó con su aparatoso brazo el hombro de Blázquez y le guió de nuevo a la fila de las taquillas. Con voz suave y envolvente empezó a explicarle las mejores opciones.

– Como usted bien sabe la quinta carrera es la que mayores premios reparte. No sé de cuánto dinero dispone ni me interesa, pero sí sé lo que necesita y para llegar a esa interesante suma, la elección más inteligente sería hacer una trifecta, esto es, apostar por los caballos que acabarán primero, segundo y tercero y acertar el orden exacto de llegada. En función de los participantes que escoja la ganancia será mayor o menor. Pero ahí yo ya no puedo ayudarle, esa decision (dicho en inglés) es solo suya. Buenos días señor Blázquez y buena suerte. Espero verle después de la carrera.

Halloway se dirigió con andar patizambo a la tribuna principal, esta vez sin mirar atrás. Blázquez miró una vez más el panel. El caballo favorito en las apuestas era Wildsun seguido de Tudor y Vamos II. El que menos opciones tenía de ganar y por lo tanto generaría más dividendos en caso de hacerlo se llamaba Maspalomas. Blázquez dudó un instante. Si se arriesgaba con una trifecta podría apostar por Maspalomas primero, seguido de Wildsun y Tudor en tercer lugar. No, la corazonada ahora había cambiado de objetivo. Ya no era si debía o no apostar. Ahora solo se centraba en nombres y porcentajes, apodos y cifras. Y la verdad era que Maspalomas no le gustaba. Una vez conoció a un sargento que decía ser de allí. Un cretino sin escrúpulos que había hecho mil perrerías durante la guerra. No, Maspalomas no era una opción aunque perdiera dinero. Lo mismo que Tudor. Manda huevos, pensó Blázquez, las ironías que tiene la vida. Un caballo con el nombre del emblema de Inglaterra. Seguro que Halloway había apostado por él. No, de ninguna manera. Volvió a revisar la lista. Quedaba muy poco para el cierre, tenía que darse prisa. El anteúltimo, cómo se llamaba el anteúltimo. Invasor. Invasor era un bonito nombre, dependiendo claro de a quién se refiriera. Invasor como la Alemania nazi, Invasor como los ingleses en la India, Invasor como la Francia de Napoleón. Invasores todos, como a los que tuvo que hacer frente Guillermo Tell para lograr la independencia de Suiza. Invasor como Blázquez, que huyo de su pequeña Segovia escapando de otros invasores peores, los sublevados de Franco, los mal llamados nacionales, que tanto miedo y odio inyectaron en la gente hablando del invasor comunista. Invasor podía significar muchas cosas. Y por eso mismo Invasor podía ser un ganador.

En tercer lugar, Vamos II. En segundo, Wildsun y en primero Invasor.

Esa fue finalmente la apuesta de Blázquez, a treinta segundos del cierre de las taquillas. Mil pesetas a esa combinación. Sesenta a uno en el momento de sellarla.

En la última curva, después de mil doscientos metros de carrera, Blázquez ya imaginaba lo que iba a hacer con las diez mil pesetas de beneficio. No tenía prismáticos, ni se le había ocurrido llevar unos, pero por suerte había un hombrecillo de nariz aguileña y poblado bigote que se moría de los nervios y no podía evitar narrar la contienda como si del mismísimo Matías Prats se tratase. A falta de trescientos metros para llegar al final, la gran sorpresa saltaba en La Zarzuela. Invasor aventajaba en una cabeza al favorito Wildsun, seguido de Vamos II a dos cuerpos de distancia. En cuarto lugar y pisándole las herraduras a Vamos II se encontraba el odioso Tudor que parecía estar terminando la milla en mejor forma que sus contrincantes tras una salida vacilante.

A ciento cincuenta metros para el final Wildsun prácticamente se ponía a la par de Invasor y Tudor, por su parte, hacía lo mismo con Vamos II. Blázquez no soportaba más la emoción. El corazón le iba a mil. Ni siquiera durante los bombardeos más cruentos de la capital lo había pasado tan mal. El Matías Prats de La Zarzuela seguía con su narración histérica. Blázquez ya no quiso mirar más.

– En la recta final, en la recta definitiva, Invasor toma el interior de la pista, intenta pasar Wildsun por el centro, seguido de Vamos II y Tudor. Atención al número nueve, Invasor. En segunda posición Wildsun, el número tres. El nueve y el tres, el tres y el nueve. Últimos cien metros. Últimos cien metros. Cabeza con cabeza. Invasor y Wildsun. Vamos II y Tudor. Cincuenta metros. ¡Atención! Va a ganar Invasor, va a ganar Invasor. ¡Invasor! ¡Oh, no! Madre mía, el número nueve se ha caído. Invasor se ha caído. Se le han doblado las patas delanteras y ha caído. Le adelanta el número tres Wildsun que gana la carrera, seguido del número ocho Tudor y el número cinco Vamos II. Increíble final de este Gran Premio de.

El Matías Prats del Hipódromo de la Zarzuela no pudo terminar su narración. El puñetazo que le propinó Blázquez en el centro de su aguileña nariz le dejó K.O. Un chorro de sangre empezó a mezclarse con los pelos del bigote.

 

(Finaliza en capítulo V)

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