INVASOR (III)

III

Desde la ventana de mi habitación, en el hostal La Casa de la Plaza, contemplo el monumental y maravilloso Mercado de San Miguel, situado en la plaza del mismo nombre y a la que se refiere el hospedaje en su rótulo. Por suerte aún se conservan lugares como este en la castiza Madrid, tan cerca en el espacio de los Carrefour Express y a la vez, por suerte, tan lejos en concepto y desempeño.

Estoy haciendo tiempo para mi cita de las doce del mediodía. La capital tiene estas cosas cuando uno ha vivido en ella y vuelve de visita al cabo de los años. La agenda se llena de marcas y nombres, recordatorios de un pasado que volverá por unos instantes, una actualización de la vida de los demás y de la propia en un ejercicio de análisis, memoria, síntesis y narrativa. No a todas las personas con las que me reencuentre en este viaje contaré las mismas cosas ni repetiré las mismas anécdotas. Dependerá de mi estado de ánimo, mi fortaleza o mi cansancio y sobre todo de la persona que tenga delante. Y es lógico y normal pensar que ellos harán lo mismo conmigo. La vida es al fin y al cabo una elección constante y cada uno decide por su cuenta y riesgo lo que quiere invadir y lo que dejará a los otros que le invadan.

Me aburro. El ajetreo de la ciudad llega hasta mi ventana. Afuera las terrazas se empiezan a llenar de turistas, las cañas y los pinchos comienzan a circular incansablemente. Asumo mi nuevo rol de visitante que la fuerza de la costumbre hace que se me olvide y me lanzo a la calle perdiéndome entre la multitud. Un nombre con marca en mi agenda me espera en Plaza de Oriente.

– Laputa – dijo Blázquez sin cambiar la expresión de su rostro – Así llamó Swift a Inglaterra en “Los Viajes de Gulliver”. Y qué razón tenía. Malditos explotadores interesados. Si Churchill hubiese querido, Franco habría sido despachado en 1945, tal y como le aconsejaba su Ministro de Exteriores, los jefes de las fuerzas armadas y hasta la misma administración de Roosevelt. Pero no le dio la gana, simplemente porque Franco protegía mejor sus intereses que la República. Esto siempre ha sido así, da igual que sean liberales o fascistas. Si viene bien a mi país por mi perfecto. Lo mismo pensaron de Hitler pero ese le salió rana.

Blázquez tomó aire con dificultad. Su habitual tono lechoso de piel se había vuelto rojo como el pelo de Nel.

– En 1945 se podía haber acabado todo – continuó Blázquez una vez recuperado el aliento – Treinta años de dictadura y represión se podrían haber evitado. Treinta años se dice rápido.

El viejo bajó la mirada apesadumbrado. Nel le observó en silencio. No sabía muy bien qué decir ni qué hacer. Desvió la mirada un poco por vergüenza, queriéndole dar a Blázquez unos segundos de intimidad. Contempló a su alrededor la belleza singular del patio. El naranjo de hoja grande y fruto ácido aún no proyectaba su sombra pero era todo un espectáculo de color a pesar del poco espacio del que disponía. En una esquina esperaban pacientes más cajas de cartón vacías. Nel descansaba en un sillón orejero de lo más cómodo. Por su parte, Blázquez, que carraspeó un segundo y levantó al fin la mirada todavía afligida, estaba sentado en una silla de mimbre sucia y deslavazada. Como si se tratara del espectáculo de un mago, el anciano sacó de su manga una cerilla ya encendida y prendió la llama de su pipa. Tres caladas cortas y una larga.

– Perdona – prosiguió Blázquez – A veces es más duro pensar en el pasado que pudo ser y no fue que en el que de verdad ocurrió, por muy jodido que este fuera. Sobre todo viendo cómo está el país ahora.

– Entiendo – respondió Nel cordialmente.

– ¿Por dónde iba?

– Me estaba contando lo que ocurrió con la caja de música en la guerra.

– Cierto, cierto. La guerra – dijo Blázquez inspirando con profundidad –Cuando los sublevados entraron en Segovia a los pocos días del golpe, mi padre me dijo que huyera a Madrid. Yo al principio no quería como es lógico. Tenía solo quince años y no había salido de la ciudad en mi vida, pero él insistió temiéndose lo peor. Era el maestro titular de la escuela local. Dos días después de marcharme a Madrid fue fusilado junto con el resto de profesores. Cuando supe de la noticia yo ya estaba acomodado en la casa de mi tío, el hermano de mi madre. Mi madre había muerto años antes en un parto que se complicó. Con las prisas poco pude llevarme para mi primer viaje fuera de la provincia. Un par de mudas, un pantalón y una camisa, algo de dinero que me dio mi padre, un bocadillo de chorizo y la caja de música. Uno de los pocos recuerdos que conservaba de mi madre.

Nel esperaba una reacción por parte de Blázquez al contar el drama de su familia tanto o más dolorida que cuando habló del abandono de Churchill a la República. No fue así. El tono neutro se mantuvo durante toda la narración como el que lee los ingredientes o los porcentajes de grasa de un alimento en el supermercado. Puede que se estuviera conteniendo o que simplemente todo aquello lo tuviera tan asimilado que ya no expresaba sentimiento alguno al rememorarlo. O cabe la posibilidad de que creyera que, a diferencia de la decisión de Churchill, lo que pasó en nuestro país era algo irremediable, que más tarde o más temprano debía suceder. La mecha se encendió en 1936 pero pudo haber ocurrido dos años antes o cuatro más tarde. Por muy injusto que sea, uno no puede luchar contra lo inexorable, y para Blázquez aquella guerra encarnizada tenía sin duda un lugar prefijado en la historia de la humanidad.

– Lo siento mucho – acertó a comentar Nel tras unos segundos de silencio.

– Tranquila. Ha pasado toda una vida, ya no hay nada que sentir – respondió Blázquez con media sonrisa compasiva.

– ¿Y qué pasó luego?

– Luego lo que pasó fue la guerra entrando en Madrid y un montón de tristeza y miseria que no merece la pena recordar. – Dos caladas cortas y tres largas. Señal de SOS enviada – Lo interesante de todo esto realmente ocurrió en 1956. En aquel año yo ya era dueño de El Transformista, esta misma tienda que perteneció a mi tío y en la que empecé a trabajar nada más llegar a la ciudad. Cuando murió de un infarto el último día de la Segunda Guerra Mundial me la dejó en herencia. Era un hombre solitario, sin hijos, siempre rodeado de sus cacharros, todos preciosos. Pues bien, en 1956 yo acababa de meter un chico a trabajar en la tienda. Ramírez se llamaba. El chaval era un enclenque a medio hacer. Tímido, con horchata en vez de sangre y lo peor, sin picardía, muy poco espabilado. Un desastre, vamos. Si le metí de ayudante fue porque era el hijo de mi cuñada y le debíamos un favor. En realidad, era nuestra forma de devolver un préstamo que de otra forma nos hubiera sido imposible aceptar. Total, que al segundo día de trabajo de Ramírez, solo se me ocurre a mí ir a hacer unos recados y dejar al panoli este al cargo.

-¿Qué hizo? ¿Te quemó la tienda? – preguntó jocosa Nel, contagiada por el tono humorístico de la historia.

– Peor. El muy gañán vendió algo.

Nel frunció el ceño sorprendida.

– Pero eso es bueno, ¿no?

– No, si era la única cosa de toda la tienda que no estaba a la venta.

Nel ahogó su expresión de susto tapándose la boca con la mano derecha.

– La caja de música – dije yo adelantándome a la historia que me contaba Nel.

– La caja de música – repitió ella de igual forma que había hecho Blázquez cuando Nel se adelantó a su historia, de igual forma que haría yo horas después.

Blázquez asintió pesadamente, como si recitara una sentencia de muerte.

– ¿Y qué pasó? – preguntó Nel agitada.

– Bueno, lo primero que he de decir es que puede que en parte fuera culpa mía. Quizás en ese momento sobrevaloré demasiado al lerdo de Ramírez y no le dejé bien claro que la caja de música del caballo, que desde que yo empecé a trabajar en la tienda había permanecido en la mesa de detrás del mostrador, estaba ahí únicamente para atraer la atención de los clientes, nunca para ser transferida a cambio de unas tristes monedas. Se lo dije, es cierto, pero no quizás con la vehemencia suficiente. A ese tipo de tarugos hay que repetirle las cosas mil veces y luego repetirlas mil veces más, hasta que las memoricen como el Padre Nuestro o la alineación del Real Madrid de Gento. Sí, sin duda eso fue por mi culpa. Tampoco consideré la posibilidad de que alguien se interesara en mi ausencia por la caja, y a pesar de mis claras indicaciones, el tonteras de Ramírez viera con buenos ojos hacer una venta de gran valor para ganarse mi confianza y mi aprecio. Ya se sabe, a veces cuando a un imbécil le da por pensar, sobre todo si es en su propio beneficio, lo mejor que puedes hacer es agarrarte los machos.

Nel desconocía la expresión “agarrarse los machos” pero prefirió no cortar el ritmo a Blázquez y dejar las preguntas para más adelante. En ese caso me tocó a mí la instrucción.

– ¿Y cómo la recuperó? – preguntó Nel expectante.

Blázquez sonrió antes de dar las tres caladas cortas y una larga de rigor a su pipa.

– Antes de entrar yo a la tienda y ver la estúpida cara de satisfacción de Ramírez, vi que salía por la puerta un hombre muy elegante, irracionalmente obeso, con un paquete bajo el brazo. Me sorprendió verlo, no solo por su volumen, sino porque no era cliente habitual y además parecía haber hecho una compra. Algo que en aquellos tiempos era casi motivo de fiesta – Blázquez detuvo un instante su narración al posarse un gorrión en una de las ramas del naranjo. Nada, un segundo, dos como mucho. Lo justo para apreciar su capacidad de vuelo – En cuanto comprendí lo sucedido salí disparado a la calle y empecé a perseguir al gordo por toda la calle Mayor. Fue llegando a la Puerta del Sol cuando le di caza.

Nel hizo una pausa dramática, supuse que a imitación de la que habría hecho Blázquez horas antes. En realidad, la interrupción del viejo no fue premeditada sino obligada. Bigotitos asomó la cabeza desde la puerta del patio.

– ¿Están cómodas sus majestades? ¿Les apetecería un té y unas pastas para acompañar las drogas ilegales? – preguntó con afectada sorna.

– Pues, hombre. Ahora que lo dices no nos vendría mal un aperitivo – contestó Blázquez mirando completamente serio a Nel, que escondía su sonrisa tras la mano en la que apoyaba la barbilla.

– Era sarcasmo – replicó arisco el figurín.

– Lo mío no.

Bigotitos soltó un “oh” hinchado a la vez que giraba su cuello con violencia en dirección a la salida. El resto del cuerpo siguió el brusco movimiento de su cabeza con andares teatreros. Tantos fuegos de artificio terminaron por asustar al gorrión del naranjo. El espantapájaros había cumplido con su misión.

– Resultó que el muy cabrón era más inglés que la Reina Madre – prosiguió Blázquez – Lo que me faltaba. Tener que hacer negocios… no, peor aún, tener que rogar a un sucio británico por el único recuerdo que me quedaba de mi madre. Y encima, ¿sabes cuánto pagó por la caja? – ahora sí que hubo pausa dramática – ¡Quinientas pesetas!

Nel no supo cómo reaccionar. No sabía si aquella cifra era altísima o una verdadera miseria. Blázquez supo descifrar su expresión indiferente y no esperó a que dijera nada.

– Quinientas pesetas en aquella época era un dineral y más para nosotros. El salario mínimo mensual en 1956 era de ciento treinta y cinco. Con esa venta el mongólico de Ramírez había sacado para más de tres sueldos.

– Wow – exclamó Nel entendiéndolo al fin – Tuvo que ser difícil renunciar a ese dinero, a pesar de todo.

– Pues no sé qué decirte porque aquel león marino no quiso aceptar que le devolviera su fortuna.

– ¿No? ¿Y qué quería a cambio?

– Cincuenta mil pesetas.

Siempre resulta complicado establecer el valor del dinero en el pasado. Por mucho que uno intente hacer un baremo, una comparación entre fechas tan dispares, casi cincuenta años entonces de diferencia, las cifras acaban irremediablemente en la neblina de lo inimaginable. Lo mismo que cuando uno visita un observatorio astronómico y el buen hombre que trabaja allí contemplando día sí día también las estrellas te dice que tal galaxia está a tropecientos años luz de nosotros. (Tropecientos es un número perfectamente válido si se habla del universo, al menos para mí). Cara de tonto es la que se me queda en esos casos. Y en el fondo qué más da. Es imposible, no hay vida suficiente para entender dónde está esa maldita galaxia. No la hay si quiera para entender dónde nos encontramos nosotros. Y mi cara al escuchar esos guarismos espaciales supongo que no diferirá demasiado de la que se me quedaría si alguien me contara que un tipo en 1956 pidió cincuenta mil pesetas por una caja de música con un caballo al galope al ritmo de Guillermo Tell en su interior.

Efectivamente, mi cara en ambos casos era tan distinta una de otra como las efigies de dos monedas idénticas. Pero, por suerte, para algo creamos los seres humanos las escalas y los símiles. Todo sea por ayudar a las mentes menos abstractas, por no decir más simples, como la mía.

– Para que te hagas una idea, al año siguiente, en 1957, el Seat 600 se empezó a vender en España por sesenta y cinco mil pesetas.

Nel y un servidor entendimos la cuantía al instante, cada uno en su momento de la historia.

– ¿Y cómo pudo pagarlo, si es que lo hizo? – inquirió Nel.

– Eso mismo le pregunté yo al inglés – respondió Blázquez sonriendo con ligero cansancio – y él mismo me dio la respuesta: “Haga como yo, apueste en las carreras”. Se dio la vuelta dispuesto a seguir su camino y antes de que pudiera decir nada para evitarlo se giró por última vez hacia mí y añadió: “El domingo estaré en La Zarzuela. Luego vuelvo a Londres. Espero verle allí. Y recuerde, si quiere recuperar su caja, apueste a caballo perdedor”. Me saludó con su absurdo bombín y se marchó.

(Continúa en capítulo IV)

 

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