INVASOR (I y II)

I

“Da igual. Solo espero que no seas inglesa como ese cerdo de Churchill.”

Ahora que vuelvo a recorrer las calles maltratadas de Madrid me ha venido a la memoria como un flashazo esa frase, dicha hace poco más de quince años por el famoso Blázquez, un anticuario viejo y cascarrabias de la Calle Mayor, y dirigida a una joven irlandesa de pelo rojizo, pequeña y desenvuelta, llamada Nel.

Camino despacio por Arenal en dirección Ópera, saboreando cada paso hasta llegar a la vieja librería del Pasadizo de San Ginés, con una estúpida media sonrisa en la cara culpa del recuerdo. Siempre nos parecen un poco estúpidas cuando andamos solos por la calle y nos percatamos tarde de llevarlas puestas. Me detengo frente a la primera mesa con libros y antes de ojear los títulos echo un vistazo a la remozada avenida y como si abriera la aplicación Google Maps de viajes en el tiempo, mi memoria vuelve a transitar por aquella Arenal peligrosa y desconcertante.

En esos días toda esta zona todavía sobrevivía a la locura (o sentido común) actual de la peatonalización. Un territorio salvaje del centro donde coches, motos, bicis y transporte público se mezclaban con viandantes que iban o venían de Sol en busca de mejores gangas y desbordaban las escuálidas aceras, a un paso de la muerte o peor aún, de la agorafobia más extrema. Imagino a Nel esa mañana vagando torpemente en dirección a nuestro piso de La Latina (compartido con otros dos, el tímido italiano Giancarlo y el noruego parlanchín Rolfes, el mundo al revés) enfrentada a una horda de trabajadores, estudiantes y turistas que comenzaban su jornada con el ritmo propio del que dispone de toda la batería cargada. Todo lo contrario que Nel, estudiante de Filología Hispánica, trabajadora de barra y turista en sus ratos libres, que en esta ocasión no ejercía de nada de eso. Simplemente era un chica resacosa que volvía de una noche intensa regada al son blanquinegro de las pintas de Guinness, la patria se lleva en las mejores costumbres solía decir al pedir la tercera, y que no estaba preparada para todo ese escándalo de brazos, piernas, empujones y carreras. Dos tempos totalmente distintos, los que son marea y los que luchan contra ella. Madrid sabe un poco de esto.

El tremendo agobio que empezó a sentir dio paso a un breve instante de lucidez. Nel comprendió que toda esa gente que estaba a punto de arrastrar y pisotear su menudo cuerpo no lo hacía en base a ninguna orden superior, como si una absurda conspiración se hubiera tramado en el transcurrir de una noche para acabar con la irlandesa de pelo rojo, sino porque eran las nueve de la mañana de un día laborable y contra eso no hay superhéroe que pueda combatir. Nel optó por la retirada más sencilla. Giró en la primera bocacalle a la izquierda, que resultó ser Hileras. Doscientos metros más adelante desembocó en la calle Mayor. Su alivio inicial pronto se cercenó. Una nueva ola de transeúntes zombificados (Nel también lo estaba pero por otras razones) volvieron a asustarla. Se agarró a una señal de tráfico como el que intenta clavar sus pies en la arena ante el empuje de la resaca. Una minúscula náusea ascendió hasta su garganta acompañada de un súbito sudor frío, queriendo anunciar o advertir la sensación de estar ya todo perdido, el ya nada importa, ha sido un placer, muchas gracias por la visita y adiós muy buenas.

Y, sin embargo, siempre hay una salida.

Un rápido vistazo a su espalda le dio la solución, un bote salvavidas en mitad del maremoto. El Transformista, una pequeña tienda de antigüedades era sin duda el lugar más calmado de Madrid en kilómetros a la redonda. Con todo el arrojo que fue capaz de atesorar, Nel soltó la señal de tráfico, cruzó la acera y abrió la puerta de la tienda adentrándose en un universo de paz y silencio totalmente irreal.

II

“La furia de la tempestad cesó de inmediato, siendo sucedida por una profunda y sorda calma. (…) Entonces una nube de humo se posó pesadamente sobre las murallas, mostrando distintamente la colosal figura de… un caballo.”

Leo las últimas frases de “Metzengerstein”, el primer relato corto que publicó Edgar Allan Poe, incluido en una recopilación de sus mejores cuentos. Me hace gracia la coincidencia de mi rememoración con la historia que narra el cuento. No solo por el paso de la tempestad a la calma, sino también por el protagonismo de un caballo infernal en el relato de Poe y que en el mío todavía está por llegar. Concluyo que la casualidad ha de ser contrapesada y compro el libro.

La mañana es agradable y prosigo mi parsimoniosa caminata en dirección a mi hostal. He decidido seguir los pasos que mi amiga Nel tomó hace poco más de quince años y cojo el desvío a la izquierda en la Calle de las Hileras. Al llegar a Mayor, me encuentro que en el antiguo emplazamiento de la tienda de antigüedades han plantado un Carrefour Express. La última metamorfosis de El Transformista. La más dolorosa seguramente. Observo su interior frío, artificial. Todo fresco, nuevo y brillante. Hasta los melones están resplandecientes. Aquí no hay lugar para lo antiguo, solo fechas de caducidad. Imagino a Nel en el lugar que yo ocupo ahora mismo y una duda asalta mi mente. ¿Se enfurecería por la usurpación del envasado siglo XXI o se alegraría por el final irremediable de El Transformista?

– Te tengo que contar una historia increíble – dijo Nel nada más llegar a casa a pesar de encontrarme dormitando en el sofá del salón – Vamos, despierta.

– Buenos días a ti también – dije desperezándome. Me costó la vida dejar de estar tumbado pero hice un esfuerzo. Al apoyar los pies en el suelo choqué con la planta una botella de ron vacía. – Me ducho y me cuentas.

– No, no, no. Si no cuento ahora me duermo y luego se me olvida. – exclamó atropelladamente Nel. Cuando se ponía nerviosa o estaba demasiado cansada, su construcción gramatical del castellano se resentía. – Tú eres mi escuchador.

– Vale, soy tu escuchador. Pero antes necesito un café y media caja de Ibuprofenos.

– Sí, Ibuprofeno. Buena idea. Yo también quiero uno.

Rápidamente el olor del café invadió todo el apartamento. En su primera narración Nel evitó contar su lucha encarnizada por sobrevivir en las calles Arenal y Mayor. Prefirió saltar directamente al momento en que entró en la tienda de antigüedades, quizás porque de esa forma obviaba una nueva alteración en su ánimo producto del recuerdo.

El Transformista era una tienda insólita se mirase por donde se mirase, empezó a contarme Nel. Y no solo por tener objetos curiosos y extravagantes, algo por otra parte habitual en este tipo de comercios. Lo extraño era que El Transformista parecía estar sufriendo una verdadera transformación en su interior, una metamutación en toda regla. Nada más entrar podías ver el mostrador a mano derecha formado por una mesa de escritorio enorme, de madera brillante y tiradores bañados en oro, probablemente de estilo Luis XV. Al otro lado de la estancia completamente diáfana, un sofá de terciopelo rojo de tres plazas de época parecida a la mesa, que no aguantaría entero dos días en una casa con gatos ni sin gatos tampoco. Parecía que se iba a desgajar solo con la mirada. Pegado al sofá, una mesita de noche que soportaba el peso de una lámpara absurdamente barroca decorada con angelitos trompeteros que se supone debía alumbrar esa zona para permitir la lectura de las revistas de decoración e interiorismo que descansaban a su lado. Difícil empresa pues no había rastro de bombilla en la horrible lámpara y en cualquier caso nadie con dos dedos de frente se sentaría en ese sofá infernal a no ser que tuviera doscientos cincuenta años. Para completar el panorama “acogedor”, las paredes estaban vestidas con papel de motivos florales color verde botella y cuadros con temáticas tan interesantes como la cacería del zorro y navíos naufragando en alta mar, a cada cual más espantoso y desasosegante. Pero al menos estaba vacía, había buena temperatura y el aroma que provenía del fondo de la tienda era agradable.

-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?.

Un hombrecillo enjuto y estirado como bastón de ciego apareció de la nada sobresaltando a Nel. Llevaba el pelo peinado para atrás de forma compulsiva y sobre su boca de labios ínfimos despuntaba una línea de bigote irregular. Vestido con un traje negro hecho a medida y una pajarita roja, se asemejaba al malvado de una película de superhéroes de clase B. “El anticuario chalado” o algo así. Nel no se esperaba la pregunta y respondió de forma aturullada.

-No, nada. Solo mirando. Estaba.

Bigotitos (así fue como Nel bautizaría horas más tarde a aquel ser en nuestra casa y así sería como lo recordaríamos para siempre) la miró de arriba abajo y su cara de desdén habitual se transformó en algo más parecido al asco.

-Ya. Pues mire por donde pisa y no toque nada – dijo con un acento afrancesado más marcado que en su saludo inicial.

Nel sonrió falsamente y se dirigió con premura al pasillo del que provenía aquel olor tan atrayente. Una vez traspasada la primera puerta aquel lugar parecía una tienda completamente diferente. Las cajas se amontonaban a los dos lados del corredor formando torres inestables coronadas por objetos estrafalarios que llegaban a tocar las estanterías más altas repletas de libros antiquísimos y revistas de mil temáticas distintas. Se asemejaban a estalactitas y estalagmitas que se habían unido tras siglos de duro trabajo, gota a gota, adquisición a adquisición, creando de esta manera columnas milenarias de recuerdos, cachivaches y auténticas joyas olvidadas.

Recorrer los cinco metros de aquel pasillo podía durar horas si uno tenía interés por este tipo de piezas. Nel, sabedora de su estado vacilante, prefirió hacer caso de la advertencia de Bigotitos y miró con extremo cuidado cada paso que daba, dejando quizás para más adelante las entrañas maravillosas que en ese momento la envolvían.

Lo que encontró al cruzar la segunda puerta la dejó sin habla.

Si la Cueva de Altamira está considerada como la Capilla Sixtina del arte rupestre, aquella habitación trasera debería haberse denominado el Museo del Louvre de las antigüedades más grotescas. Allí no había nada guardado en cajas. Todos los objetos se amontonaban en un caos perfectamente armonioso, como si todo siguiese un orden establecido, dando la sensación de que cada artilugio daba sentido a la existencia de todos los demás y todo el conjunto a la necesidad individual de cada artilugio. Un piano en el centro de la habitación era el eje sobre el que reinaba la anarquía más equilibrada que yo haya visto. A su alrededor sillas, sillones, escritorios, mesas de cocina, mesitas de noche, estanterías y cualquier cosa con una superficie plana capaz de soportar peso, formaban un círculo perfecto como esfera de reloj, roto únicamente en dos puntos. Por un lado la entrada principal del pasillo por donde Nel acababa de llegar, que estaría a las seis en punto. Por otro, una puerta blanca de hierro y cristal situada a la izquierda, en el reloj imaginario a las nueve, que daba a un pequeño patio gobernado por un robusto naranjo de hoja grande y fruto ácido y que dejaba pasar una luz natural de fantasía, inimaginable que pudiera existir algo así al ingresar a la tienda por la calle Mayor.

– Para tocar la fruta póngase los guantes de plástico.

Un trabajador del Carrefour Express me despierta con “dulzura” de mi ensoñación. Si no me equivoco debo estar en el lugar que ocupaba antes el oasis con forma de patio interior de El Transformista. Sostengo en mi mano una naranja enorme, perfecta, de sabor incomparable a buen seguro. La devuelvo a su lugar de origen y procuro evitar la mirada airada del dependiente. Me recuerda a Bigotitos. En el mismo espacio, pero en un lugar y un tiempo completamente distintos. Una señora extra gorda de pelo grasiento grita a su hijo extra gordo de nueve años que con cuatro paquetes de donuts ya es suficiente. “Bueno, coge uno más por si viene tu hermana a casa”, le dice ahora. Su hermana nunca probará esos donuts, todo el mundo en el supermercado lo sabe. Da igual, esa es la señal definitiva para salir huyendo de este lugar aterrador.

– Y encima olía a marihuana que no veas – dijo Nel mientras se zampaba un donut casero de la panadería de abajo – Yo creo que hasta vengo un poco colocada…

Tenía los ojos enrojecidos por el alcohol y el sueño pero su paso por El Transformista le había inyectado energía suficiente para continuar con su historia sin vacilar.

Efectivamente, lo que olía tan bien en aquella sala de cuento era el humo de un porro o quizás de una pipa de marihuana. Su procedencia todavía era un misterio. Nel avanzó con lentitud sin saber muy bien a dónde dirigirse. Parecía una niña pequeña en una tienda de golosinas, incapaz de decidirse entre miles de formas y colores. Casi por instinto o porque en realidad era el centro de gravedad de la estancia, Nel se acercó al piano situado frente a ella. Estaba a punto de hacer ese gesto que casi todas las personas urdimos cuando nos encontramos ante un piano. Tocar una tecla tímidamente. Si no lo hizo no fue por miedo a la más que indudable regañina de Bigotitos. Un peculiar aparato situado sobre la tapa del piano distrajo su atención y sin ella se desvaneció el irremediable impulso de tocar un Si Bemol solitario.

A simple vista el objeto se asemejaba a un baúl o arcón diminuto, tallado minuciosamente en madera y con una llave plateada incrustada en su cerradura. El relieve que decoraba la tapa del pequeño cofre era muy simple y sin embargo, o tal vez debido a ello, extremadamente hermoso. Un caballo portentoso cruzando al galope la orilla de una playa desierta. Nel dudó un segundo si debía girar la llave y comprobar lo que había en su interior pero fue solo eso, un segundo.

– La caja de música más bonita del mundo – exclamó Nel con aquella ternura que solo sacaba a relucir cuando algo le tocaba profundamente – Preciosa. Y menudo susto que me llevé, que al girar la llave la tapa saltó como un recorte.

– Resorte.

– Resorte – repitió Nel de forma mecánica. Para ella era la mejor manera de aprender palabras nuevas o mejorar su gramática. – Pues eso. Tendrías que verla.

Por su entusiasmo al describirla poco me faltó para levantarme y salir corriendo a la calle para comprobar de primera mano la belleza de la caja musical. Pero la resaca estaba haciendo de las suyas y bastante tenía ya con no amordazar a Nel y enclaustrarme en la habitación hasta el mes siguiente.

– ¿Y qué había dentro? – pregunté intrigado.

– Un caballo de plata que galopaba – contestó Nel con voz misteriosa, de nuevo como una niña que explicara a su abuelo lo que le han traído los Reyes Magos – Un caballo que se movía por la caja al ritmo de la música.

– ¿Y qué canción era?

– Pues la típica de las carreras de caballos. Ya sabes, la de tana nana nana naná, tana nana nana naná. No sé cómo se llama.

– Guillermo Tell, creo que es – dije con los dientes apretados, intentando reprimir una carcajada.

– Sí, puede ser. No tengo muy bueno oído.

Efectivamente, era el final de la obertura de Guillermo Tell de Rossini, famosísima por su uso indiscriminado en cine, publicidad y televisión y que siempre se relaciona con el ataque de la caballería por su ritmo trepidante anunciado por trompas y trompetas.

– ¿Te gusta? Es bonita, ¿verdad?

Nel soltó un grito tan agudo como escueto, una niña pillada in fraganti, una tecla de piano pulsada con temor a ser descubierta.

– Perdón. No sabía que haber alguien aquí – dijo Nel hiperventilando por el susto. Cuando se ponía nerviosa o estaba demasiado cansada, su construcción gramatical del castellano se resentía. Cerró la caja con la canción todavía a medias, galope interruptus – Alguien más que él.

El dedo índice de Nel señaló hacia el pasillo, segura de la llegada inminente de Bigotitos. El hombre de larga melena blanca y barba a juego la observaba con curiosidad.

– Tú no eres de aquí, ¿verdad, pelirroja? – exclamó el anciano.

El ceño de Nel se contrajo en forma de V, no tanto por parecerle una impertinencia sino por recuperar un poco la compostura perdida.

– Da igual. Solo espero que no seas inglesa como ese cerdo de Churchill – refunfuñó Blázquez mientras se llevaba la pipa a la boca y daba tres caladas cortas y una larga. Al cabo de unos segundos expulsó el humo blanco por nariz y boca. Enigma resuelto. El olor a marihuana ya tenía origen confirmado. – Dígame señorita, ¿es usted inglesa?

– No, por Saint Patrick. Soy irlandesa. – respondió Nel herida en su orgullo o así quiso hacer ver.

– Mmm, Irlanda. Buena tierra, sí señor. Supongo que sabrás que el autor de “Los viajes de Gulliver” era irlandés. Es uno de mis libros favoritos. Jonathan Swift, su autor, sin duda. Swift en inglés significa vencejo, una de mis aves favoritas. Y bien, ¿cómo dices que te llamas, joven pelirroja procedente de la tierra de Balnibarbi?

– Nel Johnson, señor. ¿Y usted?

– Nel, bonito nombre. Sin duda ahora será uno de mis favoritos. – dijo Blázquez sonriendo con picardía. Volvió a llevarse la pipa a la boca. Esta vez dos caladas cortas y tres largas. Sumadas a las anteriores parecía que acababa de mandar la señal SOS de auxilio por código morse – Me llamo Alfonso Blázquez, pero puedes llamarme Blázquez a secas. Y tutéame por Dios, que ya bastante pesan los años como para cargar además con un usted.

La expresión de Nel se relajó. Blázquez, a pesar del tremendo susto, le había caído bien desde el primer momento. No sabía muy bien si era por su aspecto de anciano rebelde, por sus gafas redondeadas con mil rayones, por su corbata imposible o por la pipa de marihuana, pero aquel viejo gruñón transmitía paz, sabiduría y, algo extraño para su edad, ganas de vivir. Vamos, lo que los jóvenes de ahora llamamos sin más rodeos “buen rollo”. Todo lo contrario a lo que se sentía estando cerca de Bigotitos.

– Esta caja de música tiene una historia propia fascinante. ¿Quieres escucharla? – dijo Blázquez evocador.

– Sí, claro, me encantaría.

– Bien. Sígueme entonces. – Blázquez cogió la caja y se la colocó bajo el brazo. Empezó a andar en dirección al patio. – Tenemos que sentarnos fuera. El espantapájaros de la entrada no me deja fumar aquí.

El octogenario Blázquez enfiló ágilmente sus pasos hacia el exterior. Al fondo les esperaba un mar de luz infinito, el patio de la vieja tienda de antigüedades.

 

(Continúa en capítulo III)

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