Fotografiando a Gerda Taro

“No me satisface observar los acontecimientos desde un lugar seguro””, escribió esa noche en su cuaderno rojo. “Prefiero vivir las batallas como las vive un soldado. Es la única forma de comprender la situación.”

La situación. Trabajaba sin descanso, volvió a Valencia para cubrir el Congreso de Intelectuales Antifascistas. Era la primera vez que escritores y artistas se reunían en un país en guerra para expresar su solidaridad. Más de doscientos asistentes de veintiocho países. Durante toda la noche estuvieron retumbando las sirenas de alerta antiaérea. André Malraux, Julien Brenda, Tristan Tzara, Stephen Spender, Malcolm Cowley, Octavio Paz… Pero cuando acabó el reportaje, regresó enseguida a Madrid, al viejo caserón de la calle Marqués del Duero. Estaba obsesionada con fotografiar a toda costa una victoria republicana. Cada vez se arriesgaba más, rozando la inconsciencia. Capa la vio acuclillada junto a un miliciano tras el parapeto de una roca, el cuerpo pequeño y flexible, la cabeza un poco echada hacia atrás, los ojos muy brillantes, con la adrenalina de la guerra galopándole en las venas. Clic.

En otra ocasión la fotografió junto a uno de esos mojones de carretera que marcaban un partido comunal. Les había hecho gracia la coincidencia de las siglas P.C. con las del Partido Comunista. Estaba sentada con las rodillas flexionadas sobre la guerrera de él, descansando, la cabeza apoyada en el brazo, recostada sobre el mojón, la boina negra, el pelo rubio brillando al sol. Clic.

La guerra la había ensanchado por dentro con una hondura nueva, trágica, parecida a la de algunas diosas griegas, tan bella que no parecía real.

Texto extraído de la novela “Esperando a Robert Capa” de Susana Fortes.

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Esto es la descojonación

Hay días extraños, largos, a veces interminables. Días llenos de subidas y bajadas, días que pueden terminar mal o que pueden acabar con un giro en el guión de los que hacen historia y que le llevan a uno a plantearse el mismísimo sentido del universo y de la madre que lo parió a todo.
Y ahora es cuando lo explico.
Hace unos meses descubrí a través del blog de Nacho Vigalondo la publicación de un libro llamado “Imbécil y desnudo”. Se trata de una recopilación de posts de un blog ya inexistente llamado “El anacoreta”, creado por el escritor Rubén Lardín. Justo debajo del título aparece esta frase “Esto es la descojonación”, que forma parte de un guión escrito por Rafael Azcona, que se llevó a la pantalla en 1976 bajo el título de “El anacoreta” con Fernando Fernán-Gómez. La relación entre el autor y la película está clara.
Pues bien, hoy mismo, y sin saber muy bien por qué, recordé la existencia de dicho libro, el cual estuve buscando sin suerte en su momento por las librerías de mi pobre región. De este modo llegué a la conclusión de que la única manera de conseguirlo era pidiéndolo a la editorial que lo distribuye. Ediciones Leteo para el que le interese. Un par de clics y a esperar que el libro me llegue a casa.
Cual fue mi sorpresa, cuando a eso de las dos y media de la madrugada y por La 2 comienza la película “El anacoreta”, y a pesar de que ya me disponía a despedir un día extraño, no pude apartar la vista del televisor.

Cosas que tiene la vida.
Si alguien no ha visto la película, por favor, que la vea. Es la descojonación.
Si alguien está interesado en el libro “Imbécil y desnudo” puede ver aquí mismo la interesante presentación que tuvo lugar en el Fnac de Callao, a cargo de su autor y de Nacho Vigalondo.
Yo, mientras, sigo con lo mío. Y a esperar el libro. Que seguro también será la descojonación.